La curvatura de la córnea

12 marzo 2017

Jesús Aparicio En La Peluquería

Jesús etuvo En La Peluqería para hablarnos de tecnopop, bandas sonoras, boleros y unas cuantas cosas más ;-)

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11 marzo 2017

Help! Un grito desde los retazos de la memoria



El pasado 10 de Marzo la compañía Teatro Imaginario representó en el Teatro Arbolé la obra Help!. El actor Alfonso Desentre, como pude leer en la nota que publicaba S. Campo en el Heraldo de Aragón, afronta el nuevo espectáculo bajo la influencia de una situación muy directa sobre el olvido y, con esa premisa, el espectáculo pivota sobre una pregunta esencial “¿Qué me gustaría recordar si algún día padeciera alzhéimer o demencia?”
Si la memoria es nuestra capacidad para recordar imágenes sonidos y sensaciones del pasado; el olvido es precisamente la pérdida de ese recuerdo, o en palabras del tanguista Luís César Amadori: “Si pensara alguna vez en lo que fui  no tendría ni la fuerza de vivir. Pero yo sé que hay que olvidar y olvido sin protestar.” Memoria, recuero y olvido trabajan justas para construir el relato de nuestras vidas, todo un proceso creativo en el que, igual que elegimos minuciosamente los materiales para construir una historia que sea exactamente la que nos queremos contar, también hacemos un profuso ejercicio de olvido como la herramienta imprescindible para destruir de la memoria todo aquello que entorpezca el relato, es ese mecanismo de supervivencia que nos permite borrar los reglazos humillantes de algunos profesores o ese día que agachamos la cabeza y la dignidad ante las amenazas de un superior. Pero esta construcción tiene poco que ver con la pregunta esencial que se hace Desentre “¿Qué me gustaría recordar si algún día padeciera alzhéimer o demencia?”Porque, como explica la Asociación de Alzhéimer en su página web, las células del cerebro funcionan como pequeñas fábricas que procesan y almacenan la información para comunicarla a otras células. La enfermedad comienza cuando algunas partes de esa fábrica no funcionan bien y, aunque en la actualidad no se sabe con certeza donde empiezan los problemas, el resultado es que los atascos y averías en el flujo de información terminan por afectar a otras áreas, pero el alzhéimer no determina los recuerdos que se desechan, simplemente nos desconecta de ellos de forma aleatoria, no podemos elegir que palabras olvidar y tampoco si seremos capaces o no de abrocharnos la camisa hasta que la avería se generalice y nuestra personalidad y estado de ánimo sean independientes y nada tengan que ver con nuestra voluntad, entonces, la comunicación con los demás y con nosotros mismos será imposible: No se puede construir un relato desde las células afectadas severamente por el Alzhéimer.
La historia que se nos contó Alfonso Desentre se sustentó fundamentalmente sobre el lenguaje corporal y un puñado de palabras de un hombre desmemoriado que intenta una y otra vez encontrarse en sus recuerdos que están a nuestra vista, desplegados en forma de fotografías, discos, textos, y voz. El personaje, al que queremos desde que sus ojos se fijan en los nuestros, hace un sobre esfuerzo cuando cada una de esas ventanas abiertas al recuerdo le permiten si acaso un breve asomarse que no termina de culminar, en una especie de experimento de prueba-error que siempre termina en frustración hasta que, por el capricho de los sueños, podemos ver con nitidez  como uno de sus recuerdos salta todas la barreras y se presenta con la sonrisa y la satisfacción de quien juega un partida de pinball mientras en la sinfonola de local suena una canción de Los Módulos. Y por eso, gracias a ese final, que yo sentí esperanzador, también me quedé con ganas de más y me atrevo a lanzar un reto a Alfonso Desentre que, en la charla posterior a la función, confesó la dificultad interior que sentía al preparar este espectáculo porque algo personal rondaba por su cabeza, y es precisamente ahí dónde el actor debería bucear y profundizar para que esta historia alcance una cota mayor desarrollo artístico y de paso sacie mis deseos por saber más de ese personaje y sus recuerdos, por eso me gustaría que el hombre desmemoriado que me mira a los ojos y confunde mi nombre se asomase a cada una de las ventanas que tiene a su alrededor y me muestre más destellos de su vida, que la memoria, el recuerdo y el olvido hagan su trabajo para levantar una historia, un relato nuevo, el relato del hombre desmemoriado que sirva para dibujarlo con nitidez. Alguno de mis improbables lectores pensará que esto de lanzar ideas es un atrevimiento que está fuera de lugar, y tal vez tengan razón pero, ¿qué quieren que les diga? Si la función me sacó del patio de butacas para sentarme en el escenario, una vez allí, me siento parte de la historia.

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04 marzo 2017

Conferencia: La España Vacía



La Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País organiza un ciclo de charlas y conferencias en el Patio de la Infanta de Ibercaja bajo el título “Despoblación y desvertebración regional” El pasado 2 de marzo se celebró la jornada inaugural a cargo del escritor y periodista Sergio del Molino que, como autor del libro “La España vacía. Viaje por un país que nunca fue” ha construido un relato entre el ensayo y la road movie cuyo eje se sitúa, en el Gran Trauma, o en palabras de Antonio Muñoz Molina, “la migración tremenda que en muy pocos años dejó vacíos pueblos y campos para multiplicar la población de las grandes ciudades. Hijos de campesinos nacidos en barriadas de aluvión afirmaban una identidad desafiadora dejándose el pelo muy largo y abandonándose al éxtasis de los guitarreos del heavy metal. En la conciencia de los españoles que en los años ochenta abrazaban a toda prisa la modernidad había una sombra casi siempre inconfesada que era la de un origen en la España vacía, un pasado escindido entre la abjuración y la nostalgia, entre la arrogancia de una mundanidad demasiado reciente para ser sólida y la perduración de lealtades íntimas alimentadas por un sentimiento de culpa.”
Sergio del Molino comenzó la conferencia autodefiniéndose como un juntaletras asombrado por el éxito editorial de su último libro y que tal vez se explique en una sola oración: La España vacía explica la España ocupada. El autor se reconoce zaragozano y se extraña cuando le citan como un escritor madrileño afincado en Zaragoza, por eso le gusta que después de un año recorriendo España con su libro debajo del brazo, sea en Zaragoza donde se cierre el círculo, la culminación de un libro que ha causado un creciente impacto y que ha puesto en la palestra de la actualidad el concepto de una España vacía que, más allá de las necesidades materiales, veía como su discurso nunca era prioritario, y esa negación se vivía como un segundo, y quizás más doloroso abandono. Pero el reproche del abandono, recordó Del Molino, es viejo y se ha tocado con anterioridad, el cambio fundamental está relacionado con el centro urbano y la reacción de la España llena cuando sintió el aguijonazo de la responsabilidad por el abandono de una España vacía que la nutrió. Ese abandono se ha criado al calor de la mitología familiar hasta generar una catarsis para comprender que las ciudades son, en realidad, la España vacía.
La musculatura narrativa de Del Molino se ha ejercitado en la práctica del periodismo y tal vez por eso se confiesa un intruso en un terreno más cercano a la Geografía y la Historia, sin embargo afirma que las visiones desde la periferia aplicadas a un discurso establecido ofrecen una nueva frescura, en ese sentido recordó sus tiempos de alumno universitario en las clases de Filosofía del profesor Liria y como se sintió fuera de ámbito hasta que la calificación final de la asignatura fue de Matrícula de Honor, ante tamaña sorpresa preguntó al profesor y el filósofo le contestó que su mérito había sido salirse del discurso de carril para aportar una visión original y fresca; y es precisamente en el atrevimiento del neófito dónde Del Molino sitúa sus investigaciones en torno al fenómeno de la despoblación.
Cuando Del Molino trabajaba en la redacción del Heraldo de Aragón todos los días se encontraba con una enorme reproducción de la primera página del primer número de un periódico que recogía problemas de 1895 que, para sorpresa del periodista, todavía estaban presentes: Ferrocarril de Teruel, el paso de Canfranc y los regadíos. Cien años  para seguir anclados en el día de la marmota de un abandono por parte del Estado porque, con todo lo que ha cambiado la sociedad, es muy significativo que las preocupaciones sean prácticamente las mismas. Esta percepción coincidió con su interés en la búsqueda de historias tangenciales que no habían sido contadas, y en ese sentido el desierto que rodea Zaragoza es un semillero de gentes de las que nada se habla al menos hasta que una escopeta sale a la calle y regresa lo atávico para alimentar el rechazo y las  suspicacia. Del Molino confesó que, desde su trabajo de reportero, aplica una mirada exclusivamente personal a la despoblación que construye por comparación con viajes más allá de los Pirineos en los que era muy fácil comprobar que aquellos territorios estaban poblados por granjeros con la posibilidad de vender sus productos en mercados locales. Ese choque entre un campo vivo y la España despoblada de pueblos muertos dejaba de ser percepción sensorial cuando Del Molino apuntaló la percepción con una batería de datos que relacionan Francia y España a través del binomio de parecidos Kilómetros cuadrados y muchos menos habitantes en el territorio peninsular, que además están concentrados.
Del Molino lanzó una pregunta, ¿qué ocurre si miramos al país contando con esa dicotomía que, preocupando mucho, no se visibiliza ni en los medios ni en los parlamentos? El autor confiesa que, sin pretender analizar o responder a esa pregunta, su pretensión es cambiar la mirada sobre el país para ayudar a modificar la visión del mismo y, a partir de ahí, generar un debate que, por la experiencia que ha tenido en su larga gira de presentaciones, siempre termina con la misma pregunta ¿Cómo podemos solucionarlo? una interrogante que apunta a lo material pero también atisba lo sentimental.
El conferenciante admitió que él no puede dar soluciones pero su convicción es muy clara: La España vacía es irreversible. Su pensamiento parte del planteamiento global de que en occidente es evidente el declive de las áreas rurales mientras la mayoría de la población está buscando el hábitat de la ciudad pero, si somos capaces de admitir la imposibilidad de recuperación, tal vez podemos encontraremos un nuevo punto de vista. Un punto de vista muy diferente del expresado por Joan Clos (Exalcalde de Barcelona, exministro de Industria Comercio y Turismo, exembajador en Turquía y Azerbayán y que en la actualidad es Director Ejecutivo del Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos) que en una entrevista de Manuel Jabois para la contraportada de El País y ante la pregunta de ¿por qué se vacía España? La respuesta fue: “Vivir aislado en pequeñísimas comunidades es caro. Si las quieres dotar de la misma calidad de servicios que tienes en la ciudad, el coste se encarece muchísimo. Sólo los países muy ricos vuelven a poder ser rurales. Suiza, Suecia. Estas sociedades, que están por encima de los 60.000 dólares per cápita, pueden plantearse vivir en comunidades de mil, dos mil o tres mil habitantes. Esto es carísimo en términos de provisión de servicios. Hay razones objetivas que explican por qué la población toma las decisiones que toma.”
Este discurso político, que para Del Molino muestra un escaso de tacto y sintetiza la negación de la identidad del otro, de este modo, el espacio de construcción se aleja de nosotros y se instala en el mito del paleto, del monstruo que vive en el campo y, aunque la sociedad ha cambiado, el mito pervive en el desprecio y por lo tanto sus problemas dejan de existir porque, aunque es cierto que la diversión con respecto al paleto es universal, en España se ha dramatizado gracias a que la diferencia entre los ámbitos rurales y urbanos es mucho mayor que en otros países. Por eso la primera tarea, continúa Del Molino, es cambiar tanto el discurso victimista de los políticos que no aporta un discurso alternativo más allá de las inversiones al desarrollo local de zonas despobladas cuyos logros, aunque evidentes, también son anecdóticos porque el resultado final es que se sigue perdiendo población en el ámbito rural de Aragón, las dos Castillas y Galicia.
En ese cambio de mirada, Del Molino propone dos ejemplos que se están desarrollando en Canadá y Gran Bretaña. En el país norteamericano se trata del Rural Lens, un programa estatal que obliga a que cualquier proyecto incluya una óptica rural que lo involucre. En el caso británico el Rural Pathfinders promueve unos planes de desarrollo conformados por la cooperación público-privada con una proyección de veinte años vista y enfocados para cubrir las necesidades locales a través de microindustrias. Lo interesante de estas propuestas es que abren un camino original en el intento de contener la sangría de habitantes, que la población rural no se sienta de segunda categoría para vertebrar un país más allá del supuesto maná del turismo rural que al final no ha sido para tanto. En este sentido el autor está muy contento porque su libro La España Vacía ha producido un cambio de chip en algunos ámbitos y, en fin, quien sabe si en el futuro…

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03 marzo 2017

¿Por qué no muere el teatro?




El pasado 28 de febrero la revista Crisis organizó en el Teatro Principal de Zaragoza una mesa redonda enmarcada en una interrogación: ¿Por qué no muere el teatro?
El primero en tomar la palabra fue el actor, director de escena y profesor de interpretación Mariano Anos que abrió la charla con una máxima: El teatro siempre ha estado en crisis, aunque la de ahora es la más “jodida” En cualquier caso, continuó Anos, la muerte del teatro es improbable porque además de estar ahí antes que el cine, la televisión y la revolución de las pantallas on line, el teatro, como recordaba Wagner, es el arte total, un espectáculo donde la presencia real de actores, espectadores y técnicos construye un espacio donde se puede mirar y escuchar, palabra y acción en sus múltiples combinaciones entre las que se incluye el silencio. Pero también hay que entender el teatro como un ritual laico que configura una asamblea ciudadana y eso es un valor muy importante en tiempos en los que prima la escasez de rituales y asambleas que enlacen arte y pasamiento. Estas afirmaciones de Anos me recordaron las reflexiones de Durkheim que definía el rito religioso como una actividad que trata de distinguir entre lo sacro y la vida colectiva, y es precisamente la condición social del hombre la que precisa de los ritos (en este caso laicos). Así que, me parece muy pertinente hablar del teatro como materialización de un rito que potencia las relaciones entre lo humano y la clave de su funcionamiento social.
En estos tiempos, prosigue Anos, cuando hablamos de teatro podemos englobar un amplio universo que va desde los musicales utilizados como reclamo turístico hasta operaciones comerciales con caras conocidas de la televisión, o el teatro institucional pasando por lo que fue el teatro alternativo de los años 60, o el teatro comercial de guardarropía hasta la personificación de la precariedad laboral en un microteatro que, más allá de sus calidades artísticas, visibiliza una búsqueda para sobrevivir y también un teatro independiente con vocación pública. Si a este panorama sumamos el descenso de las ayudas públicas y la esclavitud de carteleras tan absorbentes como las de Madrid y Barcelona, nos encontraremos con la imposibilidad de mantener un teatro estable y comprometido con lo artístico cuando el panorama teatral cuenta en estos momentos con una excelente generación de autores y dramaturgos.
A continuación tomó la palabra María López que, aunque posee formación en dirección de escena, sostuvo su discurso desde la experiencia en la gerencia y la producción, pero eso no pudo evitar toda una declaración de principios: El teatro es pura emoción, un arte complejo en el que prima la dificultad de conseguir una buena obra, que suele ser fruto de una coincidencia que siempre precisa de un público receptivo, porque para que triunfe una obra de teatro es imprescindible que se perciba en el momento de su estreno, para el teatro no hay una segunda oportunidad, y es precisamente en el camino de la prueba – error donde se encuentra el acierto del teatro. El teatro que también es un lugar, y en eso incidía en las palabras de Anós, donde la gente puede saciar la necesidad de encuentro, de compartir los nutrientes para el intelecto. Por eso el teatro debe conmocionar y, aunque sea en pequeñas dosis, eso se puede encontrar más fácilmente en el teatro antes que en cualquier otro espectáculo. En cualquier caso, si existe actividad teatral el momento de encontrar una gran conmoción siempre llega, por lo tanto el problema del teatro nada tiene que ver con la creatividad, sino con el aparato institucional. Sin embargo, continúa López, ese problema ya es histórico desde que en la dictadura poco podía existir fuera de la caspa institucional, un abandono que provoca cierta discontinuidad en las propuestas y, por lo tanto, se imposibilita cimentar las carreras de unos actores que necesitan continuidad en su trabajo para alcanzar grandes cimas artísticas. López aprecia en el microteatro como una nueva experiencia creativa que tal vez pueda saciar cierto voyerismo por parte del espectador, pero la falta de cobertura social termina por reducirlo a una evidencia de la precariedad laboral del sector.
Pero también recordó López la posibilidad de que el público de teatro lo sea desde una posición conservadora que rechace nuevas propuestas de actores, dramaturgos o directores si esta no viene avalada por una referencia clara que los identifique, y por lo tanto la dificultad radique en la imposibilidad de sacar al espectador de su zona de confort, esa que le lleva a atender el reclamo de caras televisivas con un buen enganche comercial.
Otra causa de la crisis que no se lleva a la tumba al teatro es, para López es la indolencia institucional de un Ministerio de Cultura con un bajo presupuesto que también se ha trasladado a las administraciones autonómicas provocando un enorme desequilibrio al albur del vaivén del político de turno y de su interés por el teatro, además de encontrarnos con una actividad muy centralizada en Madrid y Barcelona porque son ciudades que permiten un alto grado de visibilidad, imposible de alcanzar en otras plazas, y que terminan ejerciendo de reclamo para jóvenes creativos.
El dramaturgo Miguel Ángel Mañas cerró las intervenciones desde la mesa lanzando preguntas a la concurrencia, ¿Miguel Ángel Mañas debería pensar como autor o como espectador? ¿Sus obras deberían responder a la demanda del espectador? ¿Qué elegir, un tema para reflexionar o un simple transcurrir de acciones? ¿Qué es mejor, olvidar el proceso creativo o primar el resultado? ¿Es necesario educar al espectador? ¿Nos salvará de la crisis los rostros conocidos o los buenos espectáculos? Y aunque Mañas abrió su discurso a otro tipo de oraciones, ya ven, yo prefiero seguir glosando su intervención consruyendo preguntas, porque las preguntas siempre son la clave para ponernos andar en busca de respuestas ¿La construcción de Centros Cívicos democratiza la escena teatral o son espacios sin alma relacionados con la especulación inmobiliaria? ¿Ante el estado calamitoso de la profesión por qué no se sale a la calle a protestar? ¿Qué tipo de sociedad alucina porque los del teatro quieren vivir de su profesión? ¿El teatro está cadáver? Llegados a este punto ya no puedo parar con las interrogantes, así que continuemos ¿El teatro es encuentro social? ¿Si coincidimos en que se va poco al teatro… será que no interesa? ¿Debemos empeñarnos en un teatro serio y comprometido o dejamos que las caras de la televisión vendan sus libros en el ambigú después de cada representación?
Cuando se abrió el turno de participación al público presente, tomó la palabra Esteban Villarocha, director del Teatro Arbolé que, atendiendo a mi memoria, lanzó un interesante mensaje. Para Villarocha el problema de la posible muerte del teatro se anclaba a comienzos de los años ochenta cuando el teatro alternativo, que por entonces era muy potente, cayó en los cantos de sirena de la recién desembarcada socialdemocracia y olvidó su discurso político para transitar el camino del recuros económico generador de beneficios, un modelo que fue viento en popa durante los años de bonanza hasta que, recordó Villarocha, esa cierta comodidad debilitó a la profesión que se vio sobrepasada por los vaivenes de la actual crisis. Este argumento me recordó eso que tantas veces me dice mi peluquero sobre como la socialdemocracia en el poder se dedicó a adormilar, por no hablar de desmantelar, todo el movimiento social, ciudadano y de barrio hasta que de nuevo la crisis que nos azota sirvió de catarsis para intentar reconstruir lo perdido pero esta vez desde una posición de debilidad a la que nunca se tendría que haber llegado.
Esteban Villarocha declaró con pasión que la solución estaba en volver a los orígenes del teatro independiente con una actividad artística marcada por lo político como eje vertebrador. Entonces recordé una entrevista que había escuchado en Radiocable a Alberto Sanjuan como integrante del Teatro del Barrio de Madrid, así que buscando en su página web me gustaría terminar esta pieza extrayendo algunas ideas que, me atrevo a afirmar, encajan perfectamente con el pensamiento expresado por Villarocha y enlazan con algunas ideas lanzadas desde la mesa en cuanto a concebir el teatro  como un lugar de encuentro y asamblea:
“La voluntad con la que abrimos el Teatro del Barrio es abiertamente política: participar en el movimiento ciudadano que ya está construyendo otra forma de convivir. Este teatro nace del hambre de realidad. La realidad tiene siempre algo maravilloso: por terrible que sea, puede ser transformada. Si se conoce. Y esta es la vocación del proyecto: saber qué está pasando aquí, por qué no nos gusta y por qué queremos cambiarlo. Este teatro pretende ser una asamblea permanente donde mirar juntos el mundo, para, juntos, imaginar otro donde la buena vida sea posible. Nuestros medios para hacer política son la cultura y la fiesta.
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La Programación Teatral estable está marcada por el humor político y musical. En diversos espectáculos se habla de nuestra historia pasada y presente.
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El Teatro del Barrio no va ser lugar para partidos políticos ni estructura institucional ninguna. Sí para los movimientos sociales. Toda iniciativa ciudadana que luche por los derechos de las personas tendrá aquí lugar.
¿Por qué la fiesta? El sistema nos golpea con miseria, fealdad, depresión. Queremos responder con belleza, con alegría. Una revolución sin sentido del humor seguramente está condenada a traicionarse a sí misma, y en cualquier caso, es un coñazo. La fase de desarrollo actual del capitalismo, llamada crisis (como se podría llamar guerra contra el ser humano), esta expulsando miles y miles de personas fuera del sistema, arrojándolos al vacío. Existe la posibilidad de encontrarnos en el vacío unos con otros, después de tanto tiempo, decidir juntos al fin como queremos vivir y hacer una fiesta para celebrar que ya hemos empezado.”
Como le pasó a la Cenicienta, yo también tenía mi tiempo tasado, por eso, cuando tuve que regresar a la cocina de mi casa, el público que había asistido a la charla seguía aportando ideas y reflexiones que lamentablemente ya no pude recoger.
 

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27 febrero 2017

Las verdades del Bufón





Un bufón se subió ayer al escenario del Teatro Bicho. Es conveniente no confundir a un bufón con un clown o payaso porque, aunque es cierto que los dos nos hace reír a partir de sus desgracias, el bufón es una persona deforme y grotesca que históricamente ha estado junto a reyes y poderosos para ejercer el privilegio de decir la verdad y reírse de de ellos, de humanizar tanta divinidad mediante la burla. Este ejercicio de la crítica grotesca le estaba permitido porque la enorme distancia social que había entre el bufón y el poderoso era abisal y por lo tanto la burla era inofensiva. Las verdades sobre la condición humana de los que detentaban el poder tan solo producían risa. Sin embargo los poderosos del siglo XXI tienen mucho cuidado con los bufones, es bueno recordar que en el Reino de España las leyes permiten encerrar en la cárcel a titiriteros, cantantes y twiteros porque se atreven a poner en tela de juicio las verdades a los poderosos mediante la ficción teatral, musical o con un chiste.
La actriz Julia Daga, bajo la dirección de Luciano Delprato, construye con maestría a un bufón con sorprendente capacidad para cambiar de registro en lo que va del final de una frase al comienzo de otra, ella me hizo reír o arrullarme hasta la melancolía; me estremeció con su canción y me dejó varado en las arenas de la reflexión y, aunque lo hizo con herramientas tan rudimentarias como la mirada y la voz, la sencilla iluminación y la desbaratada escenografía también construyeron bellos momentos estéticos que sin embargo no rompen la esencia de que allí no hay artificio, o el artificio es tan grande que la verdad cala hasta los huesos porque todos los sentidos se ponen de parte del bufón, vas de su mano desde el principio hasta el final aunque el bufón también nos dice las verdades al público del teatro off que, incapaces de explicar porque vamos a las salas alternativas al teatro oficial, formamos parte de un nuevo poder: El poder de la clase media acomodada que, en lugar de buscar un nuevo horizonte, suele reproducir a menor escala los anhelos de aquellos reyes y poderosos a los que aún les guardamos el respeto que no merecen por sus prácticas corruptas y ahondar en desigualdades que acercan el siglo XXI a lo medieval. Por eso el bufón, aunque repase la lista de los que están en el poder, también se ríe de nosotros y nos recuerda que demasiadas veces hacemos lo que el poder dictamina, que confundimos la verdad transmitida por los poderosos con trampantojos y sin embargo, no prestamos suficiente atención a los artificios de la ficción, a las palabras de Shakespeare o de los cuentos populares, narraciones que nos enseñan donde está la verdad.
Julieta Daga ocupó el escenario del Teatro Bicho con la deformidad de un bufón al que maneja como una plastilina, un cuerpo que cambia una y otra vez hasta que el modelado llega a un punto en el que todo se detiene: En el patio de butacas las risas se acallan, los pulmones al ralentí y el corazón abierto en canal porque la actriz abandona durante breves instantes todo lo grotesco de su personaje y nos entrega lo más valioso de su profesión: La verdad.


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